sábado, 16 de junio de 2012

EL APARAPITA DE LA PAZ


EL APARAPITA DE LA PAZ
(fragmentos)


Por Jaime Saenz


                La palabra es de origen aymara y quiere decir: “el que carga”.

            Por lo que se sabe, es el aparapita un indio originario del Altiplano y su raza es la aymara. La fecha de su aparición en la ciudad es algo que nadie ha precisado. Tal vez podría situarse en los albores de la República.

            Su número es reducido, relativamente; éste se renueva por aquellos individuos que se han desplazado procedentes del Altiplano, así también por los nacidos en la ciudad. Todos ellos, fatalmente, están destinados a perecer en garras del alcohol. Es inconcebible la ancianidad en un aparapita: nuestro hombre desprecia la comida y prefiere la bebida, es lo cierto. Cuando come lo hace a la muerte de un obispo y exige un plato que ha de estar repleto de perejil, pues se siente fascinado por el perejil, de un modo realmente inexplicable y misterioso. Añádase que el acto de comer le parece una gran indecencia, por cuya razón al mismo tiempo que come se oculta de la gente, poniéndose de cara a la pared.

            Con su profesión se defiende él, y de eso no sale, es independiente. Solamente trabaja cuando le da la gana y, con tal que haya reunido la plata para el aguardiente y la coca, lo demás no le importa. Se queda, repantigado sobre una pared, hecho un príncipe, a su lado el rollo de soga y el manteo, sus únicos bienes, y mira la vida desde muy lejos, masca y masca la coca. El no es de los que paga impuestos; ignora olímpicamente los sindicatos, no es un ciudadano, pero es dueño de hacer y deshacer de su persona.

            No puede haber persona con mayor sentido del humor. El no se ríe, sino que se pone serio mientras que alguien se encarga de reírse por él, o sea él mismo, quien lo hace para darse cuenta de que se ríe de nada.

            Pero él es el aparapita, eso es lo que pasa y con eso está dicho todo. He aquí un hombre con una rectitud ejemplar. Es veraz, él no miente, es profundamente religioso. Es caritativo por naturaleza, bueno como el pan. Es incapaz de robar una paja. Muere con orgullo antes que pedir una limosna. En los registros policiales no hay tradición de actos delictuosos cometidos por algún aparapita, pues jamás los comete. Su único delito es emborracharse, trenzándose en peleas que no pocas veces resultan sangrientas.

            La soga y el manteo son las herramientas de trabajo. La soga es de cuero de oveja o de llama y tiene unos tres metros de longitud. Dura una eternidad. Se lleva ya en la mano, ya enrollado alrededor de la cintura. Es sumamente resistente, como para sujetar cargas de tres quintales sobre las espaldas. (Las espaldas de los aparapitas no se llaman espaldas sino espaldarapitas: gozan de gran fama porque su fortaleza es macabra.) El manteo, más grande que diez banderas juntas, es de tocuyo, utilizándose para acarrear cosas sueltas, botellas, libros, adobes, bolsas de estuco, ladrillos. Plegada en cuatro, o en ocho, o como sea, es un colchón, para dormir. Las abarcas son de un modelo privativo. Una cuestión más o menos aparte. Se utiliza alguna llanta de la basura en la confección de la suela, quedando afirmado al pie por unas lonjas de cuero de vaca las cuales, a veces, se adornan con alguna pintura. Es lo único “decente” en su persona, pues cosa rara: estas abarcas se mantienen todo el tiempo como nuevas. Para cubrir la cabeza, en el mejor de los casos una gorra de soldado, sin visera. En su defecto, un trapo, un pedazo de cartón, una lata: cualquier cosa. La coca y la lejía en un atado junto con la plata, con los puchos de cigarrillo, con el hilo y la aguja, se guardan en un bolsillo interior del saco, que es el único: el aparapita es unibolsillo.

            Yo quisiera que mis ojos viesen lo que yo veo: es él, asimilándose en un trance ideal pero al mismo tiempo no es él, es la ciudad quien se asimila, volviéndose verdadero por la irrupción del indio. Del indio, que en la ciudad se volvió aparapita.


Texto tomado de la revista “Vertical”, La Paz, julio de 1972 (Nros. 2 y 4), páginas 29-37

FOTO: Elías Blanco (2012)

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